
El botánico Giacomo Rapaccini no conocía de moral o ética cuando de obtener conocimiento se trataba, incluso era capaz de experimentar con Beatriz, su propia hija. En Italia, Rappaccini se abría paso como el padre de los transgénicos, pues se dedicó a cultivar un jardín con plantas y arbustos diseñados por él mismo, logrando efectivamente una flora espectacular y paradisiaca, más, como todo paraíso, contaba con prohibiciones que de violarlas resultaban funestas, y es que la vegetación sembrada por Rappaccini era altamente venenosa. La encargada de custodiar el ensoñado jardín era su hija Beatriz, poseedora de una de esas bellezas que fulminan, y no es que Beatriz fuera mal intencionada o de corazón rocoso, sino que Rappaccini –a manera de experimento– crió a su hija en estrecha y calculada exposición con uno de los arbustos más venenosos de su jardín, con el objetivo de que su hija absorbiera las propiedades deletéreas de semejante matorral y hacerla inmune al veneno. El experimento dio resultado convirtiendo a Beatriz en una hermosa joven que, literalmente, destilaba veneno, orillándola al encierro vitalicio en ese jardín, so riesgo de aniquilar a sus allegados.